Ser normal…


SER NORMAL…

Todas las teorías de la personalidad dependen de la definición de la “normalidad“. Desde el punto de vista social esto no es posible, a menos que sea en función de un tiempo y lugar específicos -”esto es lo que las personas suelen hacer en este país “, no es igual a “lo que solían hacer en Siam en 1239″. Los psicólogos pueden utilizar una definición más congruente, aun cuando sea negativa: anormal será quien tenga una lesión mental tan seria que no pueda funcionar en su sociedad. Aun entonces, no puede existir una clara línea divisoria entre lo normal y lo anormal, sino sólo un intento por colocar a alguien en algún punto de la escala, cuyos extremos son lo normal lo anormal.

Lo “normal” cubre una amplia gama, aún desde el punto de vista del funcionamiento de nuestro cuerpo. En su trabajo, basado en las diferencias bioquímicas individuales, R. Williams pudo demostrar grandes variaciones en el tamaño, ubicación y funcionamiento de los órganos internos y de las estructuras nerviosas. Según Williams, los adultos jóvenes, saludables y “normales” pueden tener frecuencias cardíacas que varían de 50 a 105 latidos por minuto, cuando la capacidad “normal” de bombeo del corazón va de 3.15 a 11.9 cuartos por minuto.

Si una glándula tiroides se activa demasiado, la persona bien puede volverse irritable, nerviosa e insomne. Si, por alguna razón, la glándula pierde cierta actividad, la misma persona se vuelve apática e indiferente Cuando la comprobada serie de diferencias bioquímicas se combina con una gran gama de experiencias personales de gran singularidad, resulta casi imposible hallar líneas de referencia “normales” para la conducta humana. Añádanse a esto las influencias culturales y subculturales y se podrá ver qué tan complejas son las definiciones de la normalidad. Por ejemplo, lo que en nuestra cultura podría ser una conducta exageradamente “anormal” -masturbarse en público- es aceptable entre los ashanti del oeste de África.

La congruencia

El hecho de que seamos incongruentes en nuestra conducta, es congruente en si mismo. La mayoría de las personas pueden ser generosas y mezquinas, sociables y tímidas, amigables y hostiles. Sabemos esto de nosotros mismos y, no obstante, a la mayoría nos gusta clasificar a las personas basándonos en alguna característica obvia que creemos predominante.

Alguien que conocemos “siempre” está contento, triste, animado, es gracioso o algo similar. Lo que queremos decir es que es congruente en su conducta hacia nosotros (y, si no lo es, decimos que hoy no parecía estar “de humor” o que “se veía diferente”).

Lo que no sabemos es cómo se comporta con los demás. El infame agente de policía encargado de dirigir el tráfico -quien nunca tiene una buena palabra para nadie- bien puede ser un bromista en el bar, un samaritano en el club juvenil de la localidad y un intelectual entré los miembros de su club de ajedrez. También existe muy poca congruencia de una situación a otra. En condiciones diferentes nos comportamos como si fuéramos otra persona.

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